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MELANCOLÍA FINAL.

 
 Nada más acercarse a la puerta, te llegan esos aromas a la nariz, difíciles de olvidar. El olor de

 pan recién hecho en el horno de leña desde muy temprano por el ama, una vez que te adentras en 

esos muros gruesos y altos que parecen nunca acabar, blancos inmaculados por la cal. Entras en un 

mundo mágico lleno de paz, calma y tranquilidad.


     De fondo suena una música de violín, música que unos la etiquetan de celestial y otros de 

infernal. Son muchas las horas  que mi hijo las pasa ensayando y escribiendo partituras que luego 

en la orquesta van a tocar, parece que son una multitud, como un ejercito que viene a atacar, pero 

esta vez es un grupo de ángeles que nos visitan para poner amor en el corazón de nuestros 

semejantes y calmar los ánimos que no haya maldad.


     A mi la estancia que más me entusiasma es el despacho biblioteca, amueblada con estantes y 

estantes de libros antiguos heredados de antepasados lejanos, quizás alguno de ellos se escapó de la 

inquisición, tienen esas pastas de piel ya gastada por el paso de los años, aunque estén bien 

cuidados, en el canto su título de cada uno grabado a fuego y otros en estampado dorado.


     Me da la melancolía de cuando mi abuelo  se sentaba cansado al terminar la jornada de trabajo en 

el campo con los jornaleros, en aquella mecedora de madera que chirriaba cuando se balanceaba, al 

mismo tiempo inspeccionaba aquel libro que él me decía que era de princesas y sapos encantados, entonces 

él se inventaba una historia para mi, mientras yo atenta escuchaba sentada en el suelo cerca del 

fuego, ese fuego que me dejaba embobada tantas tardes frías y de lluvia mirando sus llamas. 

Crecían y se encogían, haciendo luces y sombras con las que yo mentalmente en mi cabeza de niña 

aburrida de no poder salir al jardín, me imaginaba a aquellos personajes que el abuelo me describía, 

salían de sus libros a través de aquellas llamas.


     Luego estaban los lunes, día dedicado para hacer la colada. El aroma de lavanda, las sábanas al 

viento en el sogeo de la abuela,  jugaba enrollándome en ellas, hasta que parecía un capullo de 

gusano de seda,  yo la larva, deseando el escapar y como mariposa poder volar, volar por encima de 

las flores rosas, amarillas, y blancas.


     En verano mi hermano chapoteaba en el agua jabonosa, espuma que se untaba en la cara, y 

jugaba a que ya se afeitaba.  Entonces sacábamos en la mesa del patio nuestros lápices de colores y 

dibujábamos  en papel los paisajes soleados, la casa, los árboles, aquel camino estrecho que en 

coche nos acercaba al pueblo. Y como no el lago.


     Aquel lago de mi niñez que en invierno siempre estaba helado, pero no podíamos patinar, no nos 

dejaban por si se rompía y nos pasaba algo malo, en aquellos años nos enfadaba, no entendíamos 

por qué de la prohibición, con los años he llegado a comprender, después nos contarían el trágico 

accidente del hijo de Matias, era el jardinero y su hijo se ahogó en aquel lago en el invierno de 

1926.


     Pasan los días, el tiempo nos hace heridas difíciles de olvidar, se lleva a nuestros seres queridos 

pero dentro de nada vendrán a por nosotros, yo dejaré a mis nietos sin abuela y espero que tengan 

un gran recuerdo de este lugar y de mi, tanto o más bonito que el que guardo yo de los míos.


     Estoy cansada, tengo sueño pero esa luz tan brillante que hoy entra por la claraboya no me deja 

dormir. Voy a dejar ya las ñoñeria de vieja y cerrar la ventana. Esta brisa de las noches de otoño me 

da fresco en mi débil e inapetente cuerpo, así me indica que pronto llegará el invierno.

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La anciana se recostó en la cama, se arropó con la colcha, cerró los ojos, ya nunca los abrió.


Fdo.- ANGORA



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